domingo 7 Mayo 2017 : Commentary Beato Pablo VI

     Cuando Jesús se presenta como el Buen Pastor se sitúa en una larga tradición bíblica familiar a sus discípulos y a los otros oyentes. El Dios de Israel, en efecto, se había manifestado siempre como el Buen Pastor de su pueblo. Había escuchado sus súplicas, los había liberado de la tierra de esclavitud, los había conducido por su bondad en la dura marcha por el desierto hacia la tierra prometida… Siglo tras siglo, el Señor seguía conduciendo al pueblo, más a aún, lo llevaba en brazos como el pastor lleva a los corderos. Lo había conducido después del castigo del exilio, llamándolo de nuevo y reuniendo a las ovejas perdidas para llevarlas a la tierra de sus antepasados.      Por este motivo los que nos han precedido en la fe se dirigían a Dios filialmente como a su pastor: “El Señor es mi pastor, nada me puede faltar. Me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Me guía por el sendero justo por el honor de su nombre.” (Sal 22 ) Sabían que el Señor es un pastor bueno, paciente, a veces severo, pero siempre misericordioso con su pueblo y con todos los humanos…      Cuando, en la plenitud del tiempo, vino Jesús encontró a su pueblo “como un rebaño sin pastor” (Mt 6,34) y le dio lástima. En él se cumplieron las profecías y se concluyó la espera. Con las mismas palabras de la tradición bíblica, Jesús se presenta como el Buen Pastor que conoce a sus ovejas, las llama a cada una por su nombre y da la vida por ellas. Y así “habrá un solo rebaño y un solo pastor.” (cf Jn 10, 11 ss; 16)

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